El cerebro se ha adaptado a los emoticones

neurociencia
En las últimas décadas hemos asistido a una proliferación de formas de comunicación a distancia, algo que nos ha obligado a adoptar una estrategia comunicativa nueva y específica. Si el teléfono y la videoconferencia seguían ofreciéndonos herramientas no verbales fundamentales para interpretar la actitud de nuestro interlocutor, como, por ejemplo, los matices del tono de voz y la ventaja de la inmediatez, las nuevas y diferentes formas digitales de comunicación por escrito pueden ser fuente de graves problemas de interpretación.

Si es cierto que la primera impresión determina mucho la idea que nos formamos acerca de alguien, en el mundo on-line la primera impresión es mediada y sucede cuando un usuario se encuentra por primera vez en contacto con algo nuestro, ya sea un artículo, un vídeo, un mail o un tweet. Durante cualquier tipo de interacción, nuestro lenguaje pueden marcar la diferencia entre una buena o mala impresión. Un mensaje de texto brusco y seco puede provocar en el lector una imagen de indiferencia o altivez, aunque sea simplemente el resultado de la prisa o dejadez.
Lo mismo ocurre en caso de ausencia de respuesta a críticas, preguntas, o simples saludos. La comunicación por escrito requiere incluso más cuidado que la oral, ya que no puede apoyarse sobre elementos de interpretación no verbales.

En general, es una buena práctica esperar unos minutos y no responder en caliente. Es conveniente releer bien el texto y ponerse en la piel del destinatario. Todas las fórmulas de cortesía que en una comunicación directa podrían parecer redundantes e innecesarias, en una comunicación por escrito son esenciales para determinar el “sentimiento” el tono del mensaje. Por último, los emoticones, que a primera vista podrían parecer una adorno infantil e innecesario, son en realidad ayudantes valiosos para aclarar el tono con el que se escribe, especialmente si queremos utilizar la madre de todos los generadores de malentendidos: la ironía.

De hecho, la imposibilidad de descifrar la cara y los signos del cuerpo de nuestro interlocutor es el origen de constantes malentendidos en el ámbito de la comunicación digital. Cada uno de nosotros habrá experimentado alguno de estos desafortunados episodios, por lo que un correo electrónico aparentemente neutral ha acabado desatando un “conflicto nuclear”. En este sentido, los emoticones proporcionan una herramienta valiosa para llenar el vacío no verbal en la comunicación escrita.

Desde el punto de vista neurológico, no está claro si los emoticones llegan a desencadenar el mismo mecanismo cerebral de interpretación utilizado para los rostros humanos, o si, en cambio, se utilizan sistemas separados. Un sello distintivo de la percepción visual de las caras es el empleo de las regiones del cerebro localizadas en la corteza occipitotemporal, que son sensibles al procesamiento configuracional.

El N170 es un factor de medición de las respuestas neuronales evocadas por las imágenes de los rostros, comparadas con las provocados por otros estímulos visuales. El N170 generalmente muestra lateralización en el hemisferio derecho y se ha relacionado con la codificación estructural de las caras.

En un estudio conducido por investigadores de la Universidad de Australia del Sur de Adelaida, y publicado por la revista Social Neuroscience, se ha tratado de averiguar que tipo de reacción neuronal es capaz de provocar un emoticon. En concreto, si la reacción de nuestro cerebro es la misma que la que tendría frente a una cara de verdad.

Los expertos pidieron a 20 estudiantes que miraran a personas sonrientes, luego que miraran al clásico emoticon con sonrisa y, finalmente, a unas secuencias de signos sin significado.

Al observar su reacción neuronal en las tres situaciones, se ha evidenciado como el cerebro responde a la sonrisa humana y al emoticon casi en la misma forma, en cambio, no reacciona de ninguna manera a las secuencias aleatorias de signos. El cerebro parece haber aprendido que el “Smile” vale como una verdadera sonrisa y ha adaptado sus códigos de interpretación neuronal en consecuencia.

Los resultados de la investigación han indicado que el cerebro procesa los emoticones en la área occipitotemporal, de manera similar al proceso que se lleva a cabo con las caras físicas. Sin embargo, los caracteres que indican las características fisonómicas de los emoticones no son reconocidos por el sistema de detección de las características faciales, colocado en un área más lateral del cerebro.

Por tanto, cuando alguien nos envía por correo electrónico o mensaje de texto una “cara sonriente” o  un “emoticon”, nuestro cerebro ya reacciona como se estuviera frente a una sonrisa real. Se trata de un importante señal de que el cerebro humano ha evolucionado y se ha adaptado, traduciendo a nivel neurológico un nuevo fenómeno cultural y de lenguaje, que ya es parte imprescindible de la comunicación.

Públicado para Sinapsis-Lab

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